miércoles, abril 21, 2010

Straight Lines (Wake me up)


Una bufanda a cuadros que yace sobre un cuerpo somnoliento. Roza con la muerte. Su estado de conciencia es nulo y la ironia pretende, que esta prenda sea negra, como si fuera presagio de algún tipo de duelo. Se desprende bordeando un rostro blanco y perfilado. Cubriendo su cuello, estirado y estilizado. Descolgandose a lo largo de su pecho, agitado y agotado.

Los matices de esta noche recuerdan la entrada a un sitio en donde nunca has estado. El viaje a sitios que aun no conoces y la incertidumbre de un pregunta cuya respuesta sabes pero que ignoras por completo, si es que será respondida en la manera en que esperas.
Acaso un gesto o un guiño en el ojo. Probablemente la mano que se desliza suavemente y una pequeña sonrisa ahogada entre el suspiro y la vergüenza. Eso no debe ser. No se permite.

Gotas de sudor resbalan por el rostro. Matiza el brillo de su color de piel. Deambulan vagabundas por los caminos que marcan los canales de su frente, excepto por alguna que se escapa y llega a la comisura de sus labios. Reseca la piel, absorbe el calor. Recuerda tantas noches en que esos labios fueron raptados y llevados al limite. Se separan lentamente para, permitir el paso de aire. Pasa bruscamente. Se escuchan los sonidos de las barreras que le impiden pasar. Ahogan. Apresura la respiración buscando ventilar. El aire es escaso, la oxigenación desciende. Es la rutina de todas las noches.

Mientras me ahogo, alcanzo a leer las historias de la vida. De la que he escrito y la que he imaginado. No se cual es la real porque todas empieza con Dios pero las firman diferentes personas, curiosamente, comparten iniciales. Las letras de del teclado se marcan continuamente y escriben párrafos de unas hazañas que no son posibles. Torturas que no pienso cometer y adicciones que aborreceré, todo por ser humano y no el oso de la página 35 del libro dorado.

Antes de la sofocación crei escuchar las baladas de un grupo de cuerda que golpeaba sus instrumentos contra el piso. Era una música preciosa que se articulaba en los bemoles de las astillas que rebotaban contra los vidrios. No eran mariachis pero tenían increíbles sombreros. Sus sotanas largas los habrían hecho parecer frailes y la tremenda delgadez de sus rostros, harian pensar en lo peor. Pero su balada era la percusión de un teclado que marcaba las hojas, no por números, sino por capítulos de una historia que, a veces, se torna cíclica. Termina y empieza con mi mano levantada. Saludaba al Fuhrer. Pedia fuera de lugar en la final del 70. Me la jugaba como paciente en prueba para esa prueba en el espacio, o simplemente, la agitaba indcando el adiós, a la nube en que nos perdíamos. De cualquier manera, levantaba la mano, incluso para usar el control del televisor, de esos extraños cuartos que lo tienen anclado a la pared.

1 comentario:

vylia dijo...

Perturbadora esa imagen del televisor anclado en la pared. Sería más piadoso colocarlo mirando hacia la calle, para que el vértigo sea algo real y no un remedo tan poco profundo.

Un abrazo.